Nuevos esquemas residenciales
¿Se han preguntado alguna vez si cuando nuestra vida sufre inevitables cambios, consecuencia de nuevas situaciones familiares o físicas, es posible adaptar nuestra residencia -y con ello nuestro estilo de vida- a éstos?
Cambios en la estructura familiar, tras una ruptura conyugal, cuando los hijos se hacen mayores e inician sus propias vidas, cuando se deja de trabajar o cuando la edad ha avanzado tanto que debe irse afrontando la idea de encontrar otro tipo de residencia, para los que la estructura social en que vivimos no ofrece alternativas ilusionantes, son los que promueven este tipo de iniciativas. Vivimos y viviremos más años de los que la estructura social tradicional tiene establecidos. Las viviendas que usamos, urbanas, rurales, aisladas o en comunidad de propietarios, y las residencias que el sistema ahora reserva para su llamada "tercera edad", siguen manteniendo esquemas rígidos y poco atractivos.
Cohousing (o covivienda) es un concepto que tuvo origen en los años 60 en Dinamarca, entre grupos de personas y familias que estaban insatisfechas con la tipologías tradicionales de vivienda o comunidades residenciales, que no se adaptaban bien a sus necesidades. Se diseñaron entonces comunidades con viviendas autónomas, pero adaptadas a sus nuevas necesidades y con ciertos espacios comunes para compartir (huerto, jardín, piscina, cocina, comedor, enfermería, lavandería, etc.), en un régimen participativo y de absoluta autogestión. En la actualidad muchos países del norte de Europa, Canadá y Estados Unidos disfrutan de extensa experiencia en este tipo de comunidades.
En esencia, se trata de una comunidad de viviendas donde personas o familias que comparten criterios más o menos homogéneos en su estilo de vida, como familias con niños pequeños, colectivos de jubilados, personas que viven solas, o simplemente sumidas en el anonimato que impone la rigidez de las residencias tradicionales, del tipo que sean, puedan compartir espacios donde relacionarse socialmente y sentirse útiles a una comunidad, en la que pueden identificarse con sus miembros. Individuos hábiles en bricolaje o entendidos en instalaciones pueden ocuparse del mantenimiento cotidiano de la comunidad; los amantes de la cocina o de las barbacoas pueden compartir sus inquietudes con el resto de miembros, quienes a su vez tendrán cualquier otra habilidad útil para la comunidad. Esta filosofía puede resumirse en un entorno donde compartir conocimientos y habilidades individuales, para beneficio propio y de su comunidad inmediata, además de tener por vecinos a gente afín con quien poder relacionarse socialmente.
De la misma manera que el cohousing ofrece muchas oportunidades a los residentes para interactuar con los demás, se valora y respeta también el derecho individual a la intimidad. La gente que vive en un cohousing tiene más facilidad para evitar el sentimiento de soledad que se apodera de muchas personas en nuestras modernas ciudades o comunidades vecinales. La posibilidad de participar en la comunidad y compartir conocimientos y experiencias vitales presentes o pretéritas contribuye a aumentar la autoestima y el propio bienestar emocional. Los vecinos de un cohousing se preocupan y apoyan a los necesitados de afecto, enfermos o discapacitados.


